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Sexualidades libertarias y autocuidado colectivo

Los individuos hacen lo que pueden para afrontar sus sexualidades en medio de mucha desinformación, lo que muchas veces termina por afectarlos o hacerles daño, a la persona en particular, pero con posibilidad de también afectar a otras. Para evitar tal posibilidad, es necesaria una lucha política colectiva encaminada a la construcción de vidas sexuales dignas y libres.

La sexualidad es una dimensión de la vida humana que durante siglos ha estado sometida al silenciamiento, la prohibición y el castigo por esquemas normativos religiosos, morales, jurídicos y médicos. Las concepciones alrededor del cuerpo, el sexo-género y las sexualidades son construcciones culturales y por lo tanto se han transformado a lo largo del tiempo; de igual forma en diferentes lugares o contextos manifiestan múltiples configuraciones.

Alrededor de este particular, en nuestra historia heteropatriarcal se ha impuesto un ideal cristiano donde la sexualidad debe ceñirse a una única forma, un modelo enfocado en la dominación masculina, la reproducción, el matrimonio heterosexual, la monogamia obligatoria para las mujeres y de palabra para los hombres; un modelo en el que no cabe el placer, la exploración y el reconocimiento de las múltiples corporalidades sexo-genéricas; un modelo donde el único que puede explorar y celebrar por sus experiencias sexuales es el hombre.

Las mujeres y las disidencias de la heterosexualidad están marcadas por la condena, el ocultamiento y la negación de sus sexualidades como lugares legítimos de disfrute y exploración; las relaciones sexuales han sido un escenario donde se reproducen opresiones heteropatriarcales, capitalistas, racistas y especistas; el no cuestionamiento y la continua tradición de silencio, nos mantiene en esos espacios de opresión.


Superar el placer individual para hacerlo colectivo

Si la sexualidad que hemos aprendido cómo deber ser, y como modelo hegemónico, resulta opresiva, pues es necesario transformarla, liberarla de sus cadenas de opresión y alimentarnos de prácticas que resulten en bienestar y reconocimiento de los demás. Podemos vivir sexualidades que tengan potencial liberador al subvertir las lógicas heterosexuales y patriarcales.

Promovemos no la búsqueda de un placer individual y egoísta sino el apoyo mutuo como estrategia que redistribuya capitales eróticos negados; promovemos que menos personas se sientan acorraladas por la discriminación y la muerte en razón de sus prácticas sexuales, promovemos poder ser gente soberana de su cuerpo, responsable de su cuidado propio y del cuidado de nuestras comunidades.

La sexualidad hegemónica debe ser enfrentada con apuestas políticas encaminadas en hacer de las relaciones sexuales espacios de comunicación, de cuidado y de disfrute, no de sufrimiento y violencias. Estamos acostumbrados a una sexualidad que hace daño; por ejemplo, abundan posturas contrarias a que las personas usen métodos de protección a infecciones de transmisión sexual y de planificación reproductiva sometiéndonos al riesgo de enfermarnos y asumir parentalidades adolescentes u obligatorias, todo por estigmas y prejuicios que terminan afectando negativamente nuestras posibilidades de tener proyectos de vida encaminados al bienestar y la transformación social.

Todo esto debe llegar a su fin. Debemos encontrar posibilidades para que nuestras sexualidades alimenten las luchas contra las demás opresiones y podamos habitar comunidades que le apuesten a un cuidado colectivo y construya vida digna para todos pero, sobretodo, para quienes han y hemos sido oprimidas por el sexo-género o las diferentes sexualidades que habitamos.


Cuidado colectivo en el marco del estigma al VIH

Es necesario recordar que el VIH y el Sida han marcado la historia de maricas, trans, hombres y mujeres negras, entre otros sectores excluidos de la hegemonía identitaria a nivel global. En Colombia el VIH actúa como una epidemia concentrada, una enfermedad o infección que se expresa altamente en maricas y trans a pesar de que su contagio no es exclusivo de estas comunidades

Esto responde a dispositivos heteronormativos que han distribuido el virus en razón de una educación sexual que es completamente heterosexual y desconoce prácticas sexuales no-penetrativas y penetrativas ano-rectales y orales. La introducción al mundo sexual está marcada con un conocimiento muy pobre sobre la sexualidad no heteronormada lo que reduce el conocimiento sobre las experiencias sexuales a los prejuicios y la desinformación que circulan en nuestra sociedad.

En esta medida, el cuidado colectivo debe nutrir esta experiencia comunitaria, donde el uso del condón y otros medios de protección ante situaciones de riesgo sean un eje del accionar pedagógico revolucionario, además de una apuesta por el intercambio de saberes y la construcción de escenarios de educación sexual informada que reconozcan las múltiples sexualidades.

De este mismo camino se desprende la necesidad de visibilizar el virus y demás infecciones de transmisión sexual, puesto que nuestros modelos de educación y prevención se basan en la invisibilización sistemática de las realidades del VIH, bajo un manto de negación y temor hacia la vida sexual mediante la difusión de proyectos de educación y propaganda a partir del temor a la muerte en razón del VIH y Sida, de lo cual se desprendenprácticas que resultan dañinas socialmente, como la exclusión y persecución de personas que abiertamente viven con el VIH, lo que refuerza la opresión a nuestras sexualidades y no fomenta prácticas reales de protección y cuidado.


Autocuidado colectivo para un proyecto político liberador

Mucho se habla entre los círculos maricas sobre "bareback", "tirar a pelo", "bugchasing" o "los giftgivers": los que quieren transmitir y recibir el bicho –como comúnmente se le conoce al VIH en el mundo gay–. Estas prácticas resultan controversiales pues buscan, por un lado,resignificar el virus ya no como patología y sinónimo de muerte y padecimiento; sino como un elemento de placer ligado al contagio; y por otro lado terminan reproduciendo prácticas sexuales que nos ponen en riesgo como individuos y como comunidad, especialmente en nuestros países en los que el sistema de salud es un negocio al que no toda la población –y menos comunidades empobrecidas o marginalizadas– pueden acceder para garantizar su bienestar.

El cuidado colectivo juega un papel crucial en estos espacios, pues si bien los avances médicos han logrado mejorar las condiciones de salud de quienes viven con el virus del VIH, los deficientes programas de salud estatales, además del desconocimiento y acceso limitado a medios de tratamiento, generan un riesgo para nuestra comunidad que de por sí ya se ve enfrentada a múltiples violencias.

De ahí quepensarse un proyecto político liberador, en el que todas podamos gozar de un mundo sin ser oprimidas y/o ser opresores, requiere la amplitud de nuestras maneras de concebir a las demás personas, reconfigurar la noción que tenemos de los otrxs. Entendemos que no podemos ser efectivamente libres si algunos continúan condenados a la tortura, muerte, asesinato, persecución, exclusión y demás violencias sistemáticas

Por esta razón, un proyecto que piense el cuidado de las demás personas es imperativo para destruir el capitalismo, el heteropatriarcado, el racismo y el especismo, entre otros sistemas que actúan de manera conjunta sobre nuestros cuerpos y a través de ellos.

En esta dinámica, resulta pertinente la construcción de espacios para pensarnos la afectación colectiva de nuestras decisiones, que creemos individuales, en pro del afecto y el amor revolucionario, cuando reconocemos la desventaja en la que nos encontramos desde pequeños por la imposición de la violencia como único modo de socialización. Por esta razón, es importante pensar en las sexualidades como elementos que aportan al reconocimiento de las otras y a la construcción de acciones políticas que le apuesten a la transformación de nuestras comunidades, pudiendo, de esta manera,disfrutar de nuestros cuerpos y de nuestras relaciones sin reproducir violencias y opresiones.

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